
La obra de Ginés Parra refleja con claridad la fuerza y gran personalidad de este artista así como una vida difícil y tortuosa. La suya, como la de Van Gogh es una de las vocaciones más auténticas que han existido en la pintura.
Nació en 1896 en una humilde familia de campesinos almeriense que se vio obligada a emigrar a Argelia donde su padre y su hermano trabajaron como mineros y él como aprendiz, experimentando ya desde la adolescencia los trabajos mas fuertes y rudos. Escapando de esta vida, marcha junto a su hermano a Argentina en 1910 y años más tarde, en 1917, va a Nueva York, donde ingresa en la Student’s League iniciando su formación artística, trabajando por las noches como camarero para poder costearla.
En 1920, viaja a París e ingresa en la Escuela de Bellas Artes, aunque debe realizar humildes trabajos como mozo de almacén, lavacoches…, para poder subsistir. Allí conoce a Picasso y Julio González y entra en contacto con los integrantes de la denominada Escuela Española de París y con aquellos artistas vinculados a la revista Cahiers d’Art, capitaneada por los críticos Zervos y Tériade.
Trabajador infatigable, empieza a exponer. Viaja en varias ocasiones a España y la Guerra Civil le sorprende en Madrid. Combate en el bando republicano y es detenido y hecho prisionero. Gracias a la ayuda de Pancho Cossio es puesto en libertad y puede regresar a París donde se integra en el grupo español participando en algunas exposiciones internacionales de pintura español como la de Praga de 1946, entre otras. En 1949 viaja a América iniciando una serie de exposiciones que le llevan por todo el continente hasta que en el 54 vuelve a París y participa en diversas muestras colectivas con los pintores españoles hasta que en 1959 empiezan los síntomas de un cáncer que acabarán con su vida un año más tarde. Ese mismo año, el salón de los Independientes de París organiza una exposición retrospectiva de su obra.
El óleo de Ginés Parra que Setdart presenta a subasta es un claro ejemplo de la fuerza y el temperamento de este artista. Los colores oscuros –negros, grises y marrones- y la línea potente, muy marcada que perfila los elementos del cuadro, potencian el dramatismo y presentan una atmósfera concentrada e intensa.
El tema del bodegón, las telas sobre la mesa, la oscuridad del ambiente, enlaza directamente con la tradición española y el barroco del s. XVII. Hay un “retorno al orden” al que se adscriben numerosos artistas de la época como respuesta a la guerra. Es también clara la influencia de Picasso y el cubismo con el que toma contacto cuando va a París: la mandolina y las partituras evocan los fantásticos bodegones con violines y guitarras del artista malagueño. También hay un recuerdo a su tierra, Almería, en el aceitero y el escudo marinero del cenicero. La baraja de cartas hace referencia al azar al que todos estamos sometidos y la paleta y los pinceles a su eterna vocación, el oficio de pintor. En la parte superior derecha, colgada en la pared, una máscara con una mueca agria, incluso de burla o dolor, mirando con superioridad e impasibilidad la escena y que podría representar un alter ego del pintor.
El trabajo matérico con potentes empastes y amplio grosor acentúa y da potencia a esta obra de Ginés Parra, de inconfundible trazo, ingenua y tosca en apariencia, llena de sensibilidad y de sabiduría en su ejecución.
G. Parra está representado, entre otros Museos, en el Reina Sofia de Madrid, Arte Contemporáneo de Toledo, Bellas Artes de Bilbao, Nacional de La Habana, Nacional de Praga, Contemporáneo de Río de Janeiro, Bellas Artes de Boston, Contemporáneo de Aso Paulo o en la Westen Gallery de Australia. |