JIMÉNEZ FERNÁNDEZ, Federico (Madrid, 1841 - ?).
“Gallina con sus polluelos”.
Óleo sobre lienzo.
Firmado en el ángulo inferior derecho.
Con su marco original de época, en madera y escayola doradas.
Medidas: 81 x 51 cm; 103 x 72 cm (marco).
Federico Jiménez Fernández estudió en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de San Fernando de Madrid, donde fue discípulo de Carlos de Haes. A continuación marchó a París con el objetivo de ampliar su formación. Se especializó en la pintura de animales domésticos y aves de corral, género poco desarrollado en España del que son buenos ejemplos “El juicio de Paris” y “Dos liebres y una perdiz muertas” (Museo del Prado). También cultivó el retrato, destacando el de “Don Agustín Argüelles” (Ateneo de Madrid). Participó asiduamente en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, siendo distinguido con mención honorífica en 1858 y 1860, tercera medalla en 1862 por un lienzo titulado “Un cuadro con caza muerta”, y condecoración en las ediciones de 1878 y 1895. Fue asimismo premiado con medalla de plata en la Exposición Internacional de Bayona de 1864, y con la medalla de arte en la de Viena de 1873. Como reconocimiento a su mérito artístico, fue nombrado Comendador de la Orden de Carlos III. Federico Jiménez Fernández está actualmente representado en el Museo del Prado, los Municipales de Játiva y Málaga, la Colección Nelson Zúmel del Museo Provincial de Lugo, el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, los Ministerios de Cultura e Industria, las Embajadas de España en Londres y Viena, el Ayuntamiento de La Coruña, el Museo de Zaragoza y la Dirección General de la Policía en Madrid, así como en diversas colecciones particulares.
En este lienzo Federico Jiménez Fernández demuestra su maestría en un tema que fue su especialidad, las aves de corral representadas en ámbitos cotidianos, con una visión naturalista y cercana. Aquí plasma el rincón de un gallinero en una casa de pueblo, con una gran gallina descansando en el interior de un cesto de mimbre, que queda inclinado por su peso, muy atenta a lo que hacen sus polluelos. Éstos se acercan a un cuenco de barro, típico de cualquier cocina española, donde el amo les ha dejado algo de comida. Formalmente destacan tanto el delicado y cuidado tratamiento de las calidades, especialmente en el plumaje de las aves, como el detenido estudio lumínico y cromático, que dota a la escena de una atmósfera cálida y clara, con expresivos claroscuros que refuerzan la construcción del espacio.