GREGORIO PARDO (Burgos, c. 1513-Toledo, en o antes de 1556).
“Virgen con el Niño”.
Alabastro policromado.
Medidas: 21 x 16 cm; 37 x 27 cm (marco).
La obra representa uno de los temas más constantes y significativos del arte cristiano: la Virgen María con el Niño Jesús. Este motivo, profundamente arraigado en la tradición devocional, encarna la maternidad divina y la encarnación de Cristo. La calidad de la obra se inscribe dentro de la escultura renacentista española, caracterizada por un equilibrio entre idealización y naturalismo. En este tipo de representaciones, se aprecia un cuidado especial en el tratamiento de los volúmenes, la suavidad de los rostros y la elegancia de los pliegues, que revelan una técnica depurada. La relación entre madre e hijo suele resolverse con un lenguaje sereno y contenido, en el que la emoción se expresa sin excesos, acorde con los ideales renacentistas.
La figura de Gregorio Pardo resulta clave para comprender esta obra. Hijo del también escultor Felipe Bigarny y discípulo de Damián Forment, Pardo se formó en un ambiente artístico de gran nivel. Su trayectoria lo vincula a importantes focos del Renacimiento español, como la catedral de Toledo, donde desarrolló obras que evidencian su conocimiento de la tradición clásica y de la decoración de inspiración helenística.
Los rasgos distintivos de su estilo se reflejan en la armonía compositiva, el refinamiento técnico y la influencia italiana, visible en la idealización de las formas y en el equilibrio de las proporciones. A diferencia del dramatismo posterior del Barroco, aquí predomina una belleza serena, basada en la claridad formal y en la contención expresiva. Estas características sitúan la obra dentro del pleno Renacimiento español, en un momento de transición hacia un mayor naturalismo.
Contextualmente, la escultura responde a un periodo en el que el arte religioso desempeñaba un papel central tanto en la liturgia como en la devoción privada. Obras como esta podían formar parte de retablos, capillas o espacios de recogimiento, cumpliendo una función tanto estética como espiritual. La producción de Gregorio Pardo, desarrollada en ciudades clave como Burgos, Madrid o Toledo, refleja la consolidación de un lenguaje escultórico propio que integra influencias flamencas e italianas.
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