JERÓNIMO EZQUERRA ( Madrid, c. 1658/1659 –1733).
“Inmaculada Concepción”.
Óleo sobre lienzo. Reentelado.
Adjunta informe expedido por Don Ismael Gutiérrez Pastor, análisis de pigmentos y condition report.
Medidas: 163,5 x 108 cm; 185 x 127 cm (marco).
Esta pintura devocional evidencia la persistencia y reinterpretación de los modelos madrileños del barroco tardío en los primeros años del siglo XVIII. Formado probablemente en el entorno de Juan Carreño de Miranda y activo en Madrid durante los reinados finales de los Austrias y el comienzo de la dinastía borbónica, Ezquerra desarrolló una pintura profundamente vinculada a la tradición cortesana madrileña, caracterizada por la suavidad cromática, la elegancia compositiva y una espiritualidad de acento intimista. La obra aquí analizada evidencia de manera clara esa dependencia estilística respecto al lenguaje de Carreño, cuyo modelo iconográfico de la Inmaculada alcanzó enorme difusión en el ámbito español de finales del siglo XVII.
La pintura se inscribe dentro del género de la pintura religiosa devocional, concretamente en la representación de la Inmaculada Concepción, uno de los temas centrales de la espiritualidad hispánica barroca. Mucho antes de la proclamación dogmática de 1854, la defensa de la pureza original de María constituía en España una auténtica cuestión identitaria, promovida tanto por órdenes religiosas como por la propia monarquía. En este contexto, la iconografía inmaculista adquirió un extraordinario desarrollo artístico, desde las formulaciones sevillanas de Bartolomé Esteban Murillo hasta las versiones cortesanas madrileñas vinculadas a Carreño y sus discípulos.
La composición responde con claridad al modelo creado por Carreño de Miranda: la Virgen aparece suspendida sobre una masa de nubes y querubes, envuelta en un amplio manto azul que genera un poderoso efecto dinámico y ascensional. Vestida con túnica blanca y cubierta por el tradicional manto ultramarino, María adopta una actitud serena y monumental, con la mano sobre el pecho y el brazo extendido en un gesto de aceptación y mediación espiritual. La figura se recorta sobre una atmósfera vaporosa de luces doradas y celajes difuminados, recurso característico de la escuela madrileña tardobarroca, donde la materia pictórica pierde densidad para transformarse en vibración lumínica.
Desde el punto de vista estilístico, la obra manifiesta una clara continuidad con la tradición barroca cortesana derivada de Diego Velázquez y prolongada por pintores como Carreño, Juan Bautista Martínez del Mazo o Francisco Rizi. La pincelada es fluida y atmosférica, particularmente visible en el tratamiento de las nubes y de los rostros angélicos, donde las formas parecen deshacerse en la luz. Frente al naturalismo más intenso del barroco sevillano, aquí predomina una elegancia idealizada y cortesana. El color desempeña un papel esencial: los azules profundos del manto contrastan delicadamente con los tonos nacarados de la túnica y con las carnaciones cálidas de los putti, generando una armonía cromática refinada de evidente resonancia veneciana.Esa sensibilidad venecianizante resulta especialmente significativa en Ezquerra. Las fuentes documentales y las escasas obras conservadas muestran a un artista interesado por la tradición colorista italiana y por el paisaje atmosférico heredero de la escuela velazqueña. Aunque hoy se conocen pocas pinturas seguras de su mano, obras como la Alegoría del Agua demuestran su capacidad para integrar la tradición madrileña con una técnica de gran riqueza cromática y efectos lumínicos sutiles. En esta Inmaculada esa misma sensibilidad se traduce en una pintura de tonos vaporosos, construida más mediante veladuras y transparencias que por dibujo rígido.
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