Seguidor de BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO (Sevilla, 1617-1682)
“San Antonio de Padua”.
Óleo sobre lienzo. Reentelado.
Presenta faltas y pérdidas en la policromía. Con parches en la trasera.
Medidas: 125 x 90 cm; 140 x 103 cm (marco).
La presente obra corresponde a una copia de época decimonónica inspirada en la célebre composición de Bartolomé Esteban Murillo, conservada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla (inv. CE0128P). La persistencia de este modelo a lo largo del siglo XIX pone de manifiesto la extraordinaria influencia que ejerció la pintura de Murillo sobre generaciones posteriores, convirtiéndose en uno de los artistas españoles más admirados y copiados tanto en España como en el resto de Europa.
La obra representa uno de los episodios más populares de la iconografía franciscana: la aparición del Niño Jesús a San Antonio de Padua durante uno de sus momentos de oración y estudio. Arrodillado con profunda humildad, el santo contempla extasiado la visión del Niño, que aparece sentado sobre un libro abierto, símbolo de la sabiduría divina y de la predicación inspirada por las Sagradas Escrituras. La escena se completa con un rompimiento de gloria en el que querubines y ángeles emergen entre nubes luminosas, reforzando el carácter sobrenatural del acontecimiento.
La composición responde fielmente al lenguaje desarrollado por Murillo en la segunda mitad del siglo XVII, caracterizado por una espiritualidad serena y profundamente humana. Frente al dramatismo de otros maestros barrocos, el pintor sevillano supo dotar a sus escenas religiosas de una atmósfera de ternura y recogimiento, donde la luz se convierte en vehículo de la experiencia mística. Esta sensibilidad, unida a la dulzura de las expresiones y al equilibrio compositivo, explica la enorme difusión de sus modelos durante el siglo XIX, especialmente entre coleccionistas y talleres dedicados a la realización de copias destinadas tanto al ámbito privado como al devocional.
Desde el punto de vista estilístico, la pintura participa de la tradición académica decimonónica, que buscó preservar los grandes modelos del Siglo de Oro español mediante una ejecución fiel y respetuosa. La suave gradación lumínica, el delicado modelado de las figuras y la armoniosa organización espacial evocan las cualidades más reconocibles del arte de Murillo, al tiempo que reflejan el renovado interés del siglo XIX por recuperar y difundir el legado de los grandes maestros nacionales.
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