ANTONI CLAVÉ I SANMARTÍ (Barcelona, 1913 – Saint Tropez, Francia, 2005).
“Roi”, 1957
Óleo sobre cartón montado sobre lienzo.
Firmado y fechado en el ángulo inferior derecho.
Firmado, titulado y fechado en el reverso.
Etiqueta de Galerie Taménaga en el bastidor.
Se entregará al comprador certificado de autenticidad expedido por los Archivos Antoni Clavé.
Literatura: Pierre Seghers, Clavé, Tudor Publishing Company, Nueva York, 1972, p. 83, n.º 67.
Procedencia: Colección Edgard Acosta, Los Ángeles.
Medidas: 105 x 75 cm.
En Roi, Antoni Clavé aborda uno de los motivos más emblemáticos de su universo plástico: la figura del rey, un arquetipo que repite a lo largo de su trayectoria como campo de experimentación formal y simbólica. En esta obra de 1957 —en plena madurez del periodo matérico— la imagen regia se disuelve en un entramado dinámico de signos, manchas y planos cromáticos que oscila constantemente entre la sugerencia figurativa y la abstracción gestual.
El perfil del personaje, apenas insinuado mediante un trazo oscuro y sinuoso, emerge de un fondo denso donde la materia se superpone en estratos. Los rojos incandescentes, los azules apagados y los negros profundos articulan un espacio vibrante, casi tectónico, en el que la forma parece nacer y extinguirse al mismo tiempo. Sobre la cabeza se advierte una estructura dentada que actúa como corona metamorfoseada, un elemento iconográfico recurrente en Clavé, aquí reinterpretada con un tono ambiguo que oscila entre lo ceremonial y lo irónico.
Más que representar a un soberano identificable, Clavé crea un símbolo del poder como máscara, una figura erosionada por el tiempo y la materia. La rugosidad del soporte, el tratamiento matérico y la fragmentación visual confieren a la obra una dimensión dramática que cuestiona la autoridad, revelándola como construcción frágil y teatral. Esta tensión entre icono y disolución visual convierte al Roi en un ejemplo paradigmático de la poética del artista en la segunda mitad de los años cincuenta.
Antoni Clavé, formado en la Escuela de Bellas Artes de Sant Jordi, desarrolló una carrera profundamente marcada por su experiencia en la Guerra Civil y su posterior exilio a Francia. En París entró en contacto con Vuillard, Bonnard y, especialmente, Picasso, cuya influencia resultó decisiva en su evolución hacia un lenguaje personal que fusiona collage, materia y simbolismo. Premiado en la Hallmark de Nueva York (1948), la Bienal de Venecia (1954) y la Bienal Internacional de Tokio (1957), consolidó su prestigio internacional antes de su reconocimiento en España, iniciado con su exposición en la Sala Gaspar en 1956.
Su obra, presente en instituciones como la Tate Gallery, el Musée d’Art Moderne de Paris, el British Museum, el Museo de Arte Moderno de Tokio, el Museo de Bellas Artes de Bilbao o el Museo Reina Sofía, es hoy considerada fundamental en la renovación del arte español del siglo XX.
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