WILFREDO LAM (Sagua La Grande, Cuba, 1902 – París, 1982).
Sin título, 1966.
Tinta sobre papel.
Adjunta certificado expedido por la Fundación Wilfredo Lam.
Presenta etiqueta informativa al dorso.
Firmado en el ángulo superior izquierdo. Fechado, dedicado y localizado (París) en la zona inferior.
Medidas: 29,5 x 40 cm; 48 x 59 cm (marco).
Esta obra forma parte de la etapa de madurez de Wilfredo, un periodo en el que su lenguaje plástico, ya sólidamente consolidado, alcanza un notable grado de síntesis y autonomía expresiva. Realizada en tinta sobre papel y fechada en París, la pieza responde a un momento clave de su trayectoria, cuando el artista, reconocido internacionalmente, profundiza en una iconografía personal construida a lo largo de más de dos décadas de reflexión estética y compromiso artístico.
Desde su regreso a Cuba a comienzos de los años cuarenta, tras una intensa formación europea en contacto con las vanguardias, especialmente el cubismo y el surrealismo, Lam orientó su práctica hacia la recuperación simbólica de las raíces culturales afrocaribeñas. Convencido de que el arte debía contribuir a restituir la dignidad histórica y espiritual de su pueblo, desarrolló un imaginario poblado de figuras híbridas, máscaras, cuerpos fragmentados y presencias totémicas, inspiradas en los cultos y mitologías de origen yoruba. Estas referencias no aparecen como citas folclóricas, sino integradas en una estructura formal compleja, heredera de las lecciones aprendidas junto a figuras como Picasso, André Breton o Wifredo Lam’s own circle within the surrealist milieu.
En la década de 1960, y en particular en obras sobre papel como esta, Lam depura ese vocabulario visual hasta reducirlo a trazos esenciales. La tinta, utilizada con economía de medios y gran precisión gráfica, le permite articular figuras ambiguas que oscilan entre lo humano, lo animal y lo vegetal, un rasgo distintivo de su estilo. El espacio se construye a partir de líneas rítmicas y superposiciones que sugieren movimiento y tensión interna, reforzando el carácter ritual y visionario de la escena.
Esta pieza puede entenderse así como una manifestación concentrada del pensamiento plástico de Lam en su madurez: una obra en la que convergen la memoria cultural, la experimentación formal y una dimensión simbólica que trasciende lo anecdótico
Wifredo Lam se formó inicialmente en La Habana, donde estudió en la Escuela de Bellas Artes y realizó sus primeras exposiciones en la década de 1920. En 1923 se trasladó a Madrid gracias a una beca del Ayuntamiento de Sagua La Grande, completando su formación en contacto directo con la tradición pictórica española y desarrollando un lenguaje moderno en el que confluyen estructuras geometrizantes y una temprana sensibilidad surrealista.
En 1938 viajó a París, donde el encuentro con Picasso y la integración en el círculo de las vanguardias marcaron un punto de inflexión en su carrera. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial permaneció en el Caribe, en estrecha relación con figuras como André Breton, y a su regreso a Cuba, a comienzos de los años cuarenta, inició una etapa decisiva centrada en la recuperación simbólica de las raíces culturales afrocaribeñas.
En 1961 recibió el Premio Internacional Guggenheim, y entre 1966 y 1967 se celebraron múltiples retrospectivas de su trabajo en la Kunsthalle de Basilea, la Kestner-Gessellschaft de Hannover, el Museo Stedelijk de Ámsterdam, el de Arte Moderno de Estocolmo y el Palacio de Bellas Artes de Bruselas. Wifredo Lam está representado en el Guggenheim y el MoMA de Nueva York, el Museo Patio Herreriano de Valladolid, la Tate Gallery de Londres y el Museo Thyssen-Bornemisza, entre otros.
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