JOSÉ GUERRERO (Granada, 1914 – Barcelona, 1991).
Sin título, 1982.
Guache sobre papel.
Obra reproducida en el Catálogo razonado del artista (Ref. 1407).
Presenta inscripción en la zona inferior: «Para mi querido amigo Hardie ST. Martin, como recuerdo de su traducción al inglés de mis trabajos. Un fuerte abrazo. José Guerrero. New York 26-4-82».
Firmado, fechado y localizado en Nueva York.
Medidas: 40 x 60 cm; 87 x 107 cm (marcado).
En esta obra, José Guerrero despliega con plena madurez uno de los lenguajes más personales y reconocibles de la abstracción española del siglo XX. La composición se articula a partir de grandes campos cromáticos de rojos y magentas vibrantes, atravesados por un eje oblicuo en tonos claros que introduce tensión y ritmo en el plano pictórico. La pincelada es amplia y presenta transparencias que permiten apreciar las distintas capas de trabajo, reforzando la sensación de profundidad y densidad espacial.
Esta obra es ejemplo de cómo Guerrero concebía la pintura como un espacio a la vez físico y emocional. Su prolongada estancia en Nueva York desde 1950 y el contacto directo con el expresionismo abstracto norteamericano , especialmente con artistas como Rothko o Motherwell, fueron decisivos en la configuración de una obra profundamente lírica, donde el gesto, contenido pero intenso, se articula en estructuras compositivas que no renuncian a la evocación de paisajes interiores y memorias mediterráneas. En este sentido, su regreso progresivo a España a finales de los años setenta, en el contexto de la Transición democrática, supuso una relectura de su trabajo desde su ámbito cultural de origen, sin que ello implicara abandonar su proyección y reconocimiento internacionales.
Jose Guerreo se formó en Granada y Madrid, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde fue alumno de Daniel Vázquez Díaz. Becado por la Casa de Velázquez y posteriormente por el gobierno francés, se trasladó a París en 1945, donde entró en contacto con la vanguardia europea y los artistas españoles de la Escuela de París.
En 1950 se estableció en Nueva York, ciudad decisiva para su evolución artística, donde abandonó progresivamente la figuración y desarrolló un lenguaje abstracto marcado por la influencia de Rothko, Kline, Still y Newman. Su proyección internacional se consolidó en 1954 con su exposición junto a Joan Miró en el Art Club de Chicago, siendo representado por la influyente galerista Betty Parsons.
Aunque regresó temporalmente a España en 1965 y participó en la creación del Museo de Arte Abstracto de Cuenca, mantuvo su actividad principalmente entre Nueva York y España. Hoy es reconocido como una de las figuras españolas más destacadas de la Escuela de Nueva York, con obra presente en importantes museos internacionales como el Guggenheim, el MoMA o el Reina Sofía, y con numerosos reconocimientos institucionales a lo largo de su carrera.
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