FRANCISCO BAYEU (Zaragoza, 1734 – Madrid, 1795).
“Encomienda de un infante".
Óleo sobre lienzo.
Sin firmar.
Medidas: 72 x 46 cm., 80 x 54 cm. (marco).
Se trata de una pareja de óleos sobre lienzo, realizada en la segunda mitad del siglo XVIII. Ambas obras forman un conjunto unitario tanto por formato como por temática e iconografía, lo que indica su concepción como pendant o serie destinada a un mismo espacio.
Las composiciones presentan una escena alegórica de carácter cortesano y honorífico, identificada con el tema de la Encomienda de un Infante. Las figuras se disponen en un espacio celestial, articulado mediante nubes superpuestas, en las que se agrupan personajes de inspiración clásica y angelical. La escena está dominada por un movimiento ascensional y una disposición dinámica de los cuerpos, reforzada por los pliegues ondulantes de los paños y el uso de diagonales.
El tratamiento pictórico responde plenamente al estilo academicista y clasicista propio de Bayeu, con una pincelada cuidada, dibujo firme y una paleta cálida en la que destacan rojos, azules y tonos dorados. Las figuras muestran un ideal de belleza serena y contenida, alejada del dramatismo barroco, y más próxima al gusto ilustrado del último tercio del siglo XVIII. La forma recortada del campo pictórico sugiere que pudieron concebirse como pinturas decorativas para sobrepuertas, lunetos o espacios palaciegos.
Francisco Bayeu fue una de las figuras clave de la pintura española del reinado de Carlos III, estrechamente vinculado a la Corte, a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y a los grandes programas decorativos palaciegos. Su obra se inscribe en el clima cultural de la Ilustración, caracterizado por la exaltación del orden, la razón y la monarquía como garante del equilibrio social.
El tema de la encomienda concedida a un infante alude a los sistemas honoríficos del Antiguo Régimen, en los que los miembros de la familia real eran investidos con dignidades vinculadas a órdenes militares o nobiliarias, no tanto por méritos personales como por su posición dinástica. Estas ceremonias y sus representaciones artísticas cumplían una función propagandística, reforzando la legitimidad del poder borbónico y el carácter sacralizado de la monarquía.
Desde el punto de vista social, estas obras reflejan una sociedad estamental, en la que el honor, la jerarquía y la proximidad al poder real eran valores fundamentales. La iconografía alegórica y celestial contribuye a ennoblecer el acontecimiento, elevándolo del ámbito político al simbólico, en consonancia con el gusto cortesano y con el papel del arte como instrumento de representación del poder en la España ilustrada.
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