Taller de FRANCISCO ZURBARÁN (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598 – Madrid, 1664).
“Santa Faz”.
Óleo sobre lienzo. Reentelado.
Medidas: 102 x 80 x 7 cm.
En esta imagen devocional pintada al óleo sobre lienzo se presenta el rostro de Cristo como si hubiera quedado milagrosamente impreso en el paño de la Verónica. Jesús aparece coronado de espinas y con leves regueros de sangre que aluden al sufrimiento físico y al agotamiento del camino al Calvario. Su mirada, directa y frontal, interpela al espectador con una intensidad silenciosa que combina gravedad y serenidad, ofreciendo una imagen de Cristo no solo doliente, sino también salvador y redentor, consciente de su sacrificio.
La iconografía de la Santa Faz hunde sus raíces en el episodio de la Pasión en el que una mujer, movida por la compasión, enjuga el rostro de Cristo con su velo. En ese gesto piadoso, el semblante del Mesías queda impreso en el lienzo de lino, conservado milagrosamente a lo largo del tiempo y convertido en objeto de veneración. Aquella mujer sería conocida más tarde como Verónica, nombre derivado del latín verum —verdadero— y del griego eikon —imagen—, subrayando la idea de una imagen auténtica y no realizada por mano humana. La Santa Faz figura entre las reliquias más célebres del cristianismo y está documentada por primera vez en 1137.
Este tema, poco frecuente ya en el siglo XVII, fue retomado por Francisco de Zurbarán, quien supo dotarlo de una fuerza espiritual excepcional. Formado en Sevilla entre 1614 y 1617 como discípulo de Pedro Díaz de Villanueva, Zurbarán tuvo ocasión de conocer a figuras clave del ambiente artístico sevillano como Pacheco y Herrera, así como de relacionarse con jóvenes artistas de su generación, entre ellos Velázquez y Cano. Tras un periodo de formación diverso, regresó a Extremadura y se estableció en Llerena, donde trabajó intensamente para conventos e iglesias hasta 1628.
En 1629, a instancias del propio Consejo Municipal, se trasladó definitivamente a Sevilla, iniciando la etapa más prestigiosa de su carrera. Durante ese decenio recibió numerosos encargos de las principales órdenes religiosas de Andalucía y Extremadura y, en 1634, fue llamado a la corte —probablemente por mediación de Velázquez— para colaborar en la decoración del Buen Retiro. De vuelta en Sevilla continuó trabajando tanto para la corte como para instituciones monásticas, hasta que en 1658 se trasladó a Madrid, donde realizó sobre todo pequeños lienzos de devoción privada, de ejecución refinada y profunda intimidad espiritual.
Zurbarán se caracteriza por un realismo sobrio y contenido, ajeno a la grandilocuencia y a la teatralidad barroca. Sus composiciones, severas y rigurosamente ordenadas, alcanzan una intensidad emocional extraordinaria, especialmente en las obras de carácter devocional. Aunque no siempre resolvió con soltura los problemas de la perspectiva geométrica, su dominio del dibujo anatómico y de los rostros es impecable. El tenebrismo, presente sobre todo en su primera etapa sevillana, refuerza el recogimiento y la concentración espiritual de imágenes como esta Santa Faz, concebidas para suscitar una contemplación silenciosa y profundamente piadosa.
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