Escuela novohispana; siglo XVIII.
“Virgen del Refugio”.
Óleo sobre lienzo.
Medidas: 50 x 40 cm; 64 x 52 cm (marco).
Esta representación, conocida como Virgen del Refugio de los Pecadores, traduce en forma sensible una de las invocaciones de la letanía lauretana , Refugium peccatorum, vinculada al culto surgido en torno a la Santa Casa de Loreto y a la exaltación de las virtudes intercesoras de María.
El origen de esta devoción se sitúa a finales del siglo XVII en Italia, concretamente en Frascati, cerca de Roma. Según la tradición, el jesuita Antonio Valdenucci anhelaba una imagen mariana que lo acompañara en sus misiones como guía espiritual y emblema visible de protección divina. Encargó entonces a un pintor modesto la copia de la llamada “Virgen de la Encina”, cuyo bajorrelieve se veneraba en Poggio. Convertida así en imagen casi milagrosa, fue colocada en el tabernáculo del misionero y emprendió con él un itinerario que la llevaría a recorrer poblaciones del continente americano, donde fue reproducida y reinterpretada en múltiples versiones antes de regresar a Frascati.
En la Nueva España, la devoción alcanzó un éxito extraordinario. La Virgen del Refugio se convirtió en protectora cercana y accesible, venerada tanto por la élite criolla como por los sectores populares e indígenas. Ciudades como Puebla, Zacatecas y las regiones del Bajío acogieron con fervor su culto; en Puebla, hacia finales del periodo virreinal, se contabilizaban decenas de nichos callejeros dedicados a esta advocación, testimonio elocuente de su arraigo urbano y cotidiano.
Este fervor se tradujo también en una notable producción pictórica. La iconografía fue cultivada por destacados maestros de la escuela mexicana, entre ellos José de Alcíbar y José Páez, de quien se conservan versiones muy próximas al modelo aquí evocado. En todas ellas, la ternura del vínculo entre Madre e Hijo, unida a la majestad de las coronas y al refinamiento cromático, convierte la imagen en síntesis perfecta de afecto y realeza espiritual: una Madre que, elevada en dignidad, se ofrece al mismo tiempo como amparo universal de los pecadores.
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