DIEGO QUISPE TITO (Cuzco, Perú, 1611 - 1681)
“La Trinidad”.
Óleo sobre lienzo parcialmente dorado. Reentelado.
Conserva la firma con las iniciales.
Medidas: 152 x 100 cm.
En esta Trinidad, Diego Quispe Tito, figura capital de la Escuela Cuzqueña y uno de los artistas más singulares del barroco andino, despliega una visión teológica de gran potencia simbólica y cuidadose invención plástica. La obra representa el misterio trinitario bajo una iconografía poco frecuente y doctrinalmente compleja: Dios Padre sostiene la cruz en la que pende Cristo crucificado, mientras la paloma del Espíritu Santo se cierne entre ambos, configurando una imagen vertical y solemne que enfatiza la unidad sustancial de las tres personas divinas. El triángulo dorado que enmarca la cabeza del Padre refuerza visualmente el dogma, convirtiendo la geometría en afirmación de fe.
La composición, de marcada frontalidad y hieratismo, se inscribe en la tradición contrarreformista que promovía imágenes claras en su mensaje y eficaces en su impacto devocional. Sin embargo, lejos de limitarse a repetir modelos europeos, Quispe Tito reelabora las fuentes, en particular los grabados flamencos que circularon profusamente en el virreinato, para dotarlas de una sensibilidad propia. El fondo dorado y los motivos geométricos que estructuran el espacio superior evocan una dimensión atemporal y sacra, casi icónica, mientras que el amplio paisaje inferior, con ciudades amuralladas, colinas y vegetación minuciosamente descrita, introduce el sello característico del pintor: una naturaleza exuberante y detallada que conecta lo celestial con el mundo creado.
El cuerpo de Cristo, de anatomía estilizada y suave modelado lumínico, revela aún ecos manieristas en su elegante elongación, rasgo que remite a la primera etapa del artista. No obstante, la riqueza textil del manto pluvial de Dios Padre, con sus bordados minuciosos y destellos dorados, así como la atención casi miniaturista a los detalles ornamentales, pertenecen ya a la madurez del maestro, cuando su estilo se emancipa de las convenciones locales para afirmar un lenguaje propio. El dorado parcial del lienzo intensifica la dimensión sacral y confiere a la superficie pictórica un carácter precioso, cercano al arte suntuario.
Diego Quispe Tito, de probable origen noble indígena, inició su actividad pictórica hacia 1627 y alcanzó gran prestigio en el Cusco a partir de la década de 1660, especialmente por los ciclos realizados para el templo de San Sebastián. Su firma en 1667 —“Quispi Tito inga inbentó”— reivindica explícitamente su capacidad inventiva y su condición culta, en un gesto de afirmación autoral inusual en el medio virreinal andino. Discípulo en la tradición de Gregorio Gamarra, y heredero indirecto de Bernardo Bitti, supo, sin embargo, distanciarse del estilo dominante para inaugurar una sensibilidad nueva, donde los grandes paisajes poblados de flora y fauna adquieren protagonismo y se convierten en emblema de la pintura cuzqueña.
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