Atribuido a FRANCISCO COLLANTES (Madrid, hacia 1599 - 1656).
“San Jerónimo penitente”.
Óleo sobre lienzo. Reentelado.
Medidas: 115 x 96 cm; 147 x 127 cm (marco).
La presente obra, atribuida a Francisco Collantes, se inscribe en la tradición barroca madrileña de la primera mitad del siglo XVII y representa a san Jerónimo en actitud penitente, uno de los temas más reiterados en la espiritualidad postridentina. Cabe señalar que esta pintura repite el mismo modelo compositivo que la conservada en el Statens Museum for Kunst de Copenhague (inv. KMSsp54), circunstancia que refuerza la atribución a Collantes. La reiteración del modelo responde tanto a la demanda devocional como a la eficacia expresiva de la fórmula.
Collantes, activo en Madrid entre hacia 1599 y 1656, desarrolló su carrera en un ambiente profundamente marcado por el naturalismo tenebrista y por la influencia indirecta del paisaje clasicista italiano. Aunque la documentación sobre su formación es limitada, su pintura revela afinidades con el naturalismo castellano y una notable sensibilidad hacia el paisaje, que en muchas de sus obras adquiere un protagonismo singular. En este lienzo, sin embargo, el foco se concentra en la figura monumental del santo, recortada sobre la penumbra de la gruta.
San Jerónimo aparece semidesnudo, cubierto apenas por un manto rojo de intensas calidades matéricas, cuyo cromatismo vibrante contrasta con la sobriedad terrosa del entorno. El santo dirige la mirada hacia lo alto, en un gesto de súplica, mientras sostiene la cruz y la piedra con la que, según la tradición, golpeaba su pecho en acto de penitencia. La anatomía, modelada con una luz dirigida y cálida, evidencia un estudio atento del natural y una voluntad de veracidad física que enlaza con la sensibilidad barroca madrileña.
La composición incorpora los atributos habituales: el león, apenas insinuado en la sombra; la calavera, símbolo de la meditación sobre la muerte; y los útiles de escritura, que aluden a su labor intelectual. Estos elementos se disponen en un primer plano de marcada corporeidad, casi táctil, reforzando la proximidad emocional con el espectador. El paisaje abierto al fondo, visible a través de la oquedad rocosa, introduce una profundidad atmosférica que equilibra la densidad dramática de la escena.
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