Escuela virreinal, Nueva España o Perú, siglo XVIII.
“Virgen de la Soledad”.
Óleo sobre lienzo parcialmente dorado.
Conserva la tela original.
Medidas. 155 x 102,5 cm; 169 x 116 cm (marco).
Un cortinaje descorrido actúa como umbral teatral y revela, con solemnidad contenida, la figura monumental de la Virgen. Viste túnica blanca, símbolo elocuente de su pureza, y un manto oscuro sembrado de estrellas bordadas, signos tradicionales de la iconografía mariana que aluden a su condición de Reina del Cielo. Las manos, entrelazadas sobre el pecho, y el rostro inclinado hacia el suelo construyen una imagen de recogimiento y aceptación: María aparece consciente de su destino y abrazando, en silencio, su papel en la historia de la salvación.
La advocación de Nuestra Señora de la Soledad constituye una variante de Nuestra Señora de los Dolores y remite al último de los Siete Dolores de la Virgen: la soledad tras la muerte de Cristo. Aunque el modelo fijado por Gaspar Becerra en su célebre Virgen de la Soledad del convento de la Victoria estableció una iconografía de rasgos “singularmente españoles”, difundida después por todo el orbe católico, sus raíces se encuentran en la expansión europea del culto a la Virgen de los Dolores, promovido especialmente por la orden de los Servitas. La Soledad, por tanto, no es una invención aislada, sino la culminación de una tradición devocional profundamente arraigada en la espiritualidad contrarreformista.
Conviene recordar que, durante la dominación colonial española, la pintura religiosa desempeñó un papel central en los procesos de evangelización. Los talleres americanos adoptaron modelos peninsulares, replicando con notable fidelidad tipos e iconografías, como los ángeles arcabuceros o las vírgenes de composición triangular, que garantizaban la ortodoxia doctrinal y la eficacia catequética. Sin embargo, a comienzos del siglo XIX, coincidiendo con los movimientos de independencia y la apertura política en diversos territorios, algunos artistas comenzaron a reinterpretar esas fórmulas heredadas, incorporando rasgos locales y afirmando progresivamente una identidad pictórica propia.
.jpg)