EDUARDO CHILLIDA JUANTEGUI (San Sebastián, 1924 – 2002).
S/t. 1978.
Xilografía sobre papel. Ejemplar 27/50.
Obra reproducida en Opus I, p. 350, Nº 78008.
Impresor: Gustavo Gili (Barcelona).
Editor: Galería Calart Actual - Genève.
Medidas: 60 x 58 cm; 91 x 113 cm (marco).
Esta obra condensa algunas de las preocupaciones esenciales que atravesaron toda la trayectoria artística de Chillida: la tensión entre vacío y materia, el equilibrio entre rigor geométrico y gesto orgánico, y la exploración del espacio como elemento activo de la composición. Aunque Chillida es reconocido internacionalmente por sus esculturas monumentales en hierro y acero, su producción gráfica ocupa un lugar fundamental dentro de su investigación estética, pues en ella desarrolló con una libertad singular los mismos problemas formales que articulan su obra escultórica. En esta pieza de 1978, realizada en un momento de plena madurez creativa, el artista reduce el lenguaje visual a una estructura de planos negros interrumpidos por líneas blancas irregulares que parecen abrir grietas o recorridos interiores en la masa compacta de la imagen.
La composición evidencia la influencia de la abstracción geométrica y del informalismo europeo de posguerra, aunque Chillida evita cualquier racionalismo rígido. Las formas, aparentemente construidas a partir de módulos rectangulares, se desplazan y desequilibran sutilmente, generando una sensación de vibración interna. El blanco no funciona aquí como simple fondo, sino como un espacio activo que penetra la oscuridad y define la arquitectura visual de la obra. Esa relación entre lleno y vacío remite directamente a una de las grandes obsesiones del artista: hacer visible el espacio. En Chillida, el vacío nunca es ausencia; es un elemento escultórico, una materia invisible que modela la forma tanto como el hierro, la piedra o la tinta.
El tratamiento matérico de la superficie también resulta significativo. Las zonas negras presentan irregularidades, huellas y texturas que revelan el proceso manual de impresión y subrayan la dimensión táctil de la obra. Lejos de la perfección mecánica, Chillida conserva el accidente y la rugosidad como parte esencial del lenguaje plástico. Esta cualidad aproxima la obra a una sensibilidad casi arquitectónica, pero también humana, donde la imperfección del gesto introduce ritmo y temporalidad.
A finales de los años setenta, Chillida ya era una figura central del arte contemporáneo internacional, reconocido por haber transformado la escultura moderna desde una perspectiva poética y filosófica profundamente personal. Sus grabados y obras sobre papel, como esta, permiten acceder a un registro más íntimo de su pensamiento visual. Además de su Museo Chillida-Leku de Hernani, está representado en museos y colecciones de todo el mundo, como el Guggenheim de Bilbao, el MOMA de Nueva York, el Reina Sofía de Madrid, la Tate Gallery de Londres o la Neue Nationalgalerie de Berlín.
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